
Te voy a dar ventaja, haré como esos lobos que en la disputa de jerarquías, terminan ofreciendo el cuello al animal dominante, en señal de acatamiento. Me perdonarás no obstante que te dé la espalda, como me dijo en uno de mis viajes, el cacique de una tribu caníbal al empezar la cena. Lo hago; no por cobardía, o por regatear arterias que prueben mi buena fe, lo hago para no ver tus ojos; porque si su mirada es aún más intensa de lo que imagino, no podría resistirlo. Podrás morder, todo lo profundo que deseares, que yo me habré desmayado al sentir la avanzadilla de tus labios húmedos. Pero; ¡ay cuando me dé la vuelta!, sabrás porqué Miguel Hernández declaró la dentadura un arma; artilugio primitivo que puede modularse, y tornar saña en placer. Sentirás algo así, como aquel algodoncillo que precedía el llanto y el entrecerrar de ojos y músculos, en la blanca habitación del miedo prevenido de tus primeros años. No habrá aguja esta vez, podrás relajarte, y tras la tibia caricia que lubrica, caerán unos dientes comedidos, ... y cometodo. Unos brazos que te estrechan, que provocan y reprimen el espasmo, y la daga rumbo a tu corazón, por el camino que menos resistencia ofrezca.

