17/2/08

Por Allah, ¿de quien es esto?

Debo reconocer que me maravillo muchas veces de cosas que leo por ahí, que me parecen verdaderos prodigios, y los guardo para leerlos más veces, lo malo es que se me termina olvidando, quién fue el autor, y dónde lo leí; por eso cuelgo (cosa que no es mi costumbre), esta poesía que sé, es de alguien que he leído, pero no puedo ubicar, ¿podéis ayudarme a saberlo?

¿y si fuera la soledad lo que me place?...
¿y si fueran los faldones de la muerte lo que veo?
apenas un entrenamiento, una charada
que te prepara;
quitándote de a poco la energía,
vital a cada músculo
en pos de una satisfacción cualquiera.
te va despejando el panorama de deseos,
sean éstos del orden que sean.

Vaciado de contenido y aspiraciones,
empiezas a ser un moribundo,
que va al trabajo y da los buenos días,
al vecino mutante que aún se aviene
a mantener las formas.
Los días se escapan
y el cerco se recoge...
amenazadoramente.

Antes la campana,
sonaba siempre a tiempo
y te ibas al rincón,
creyendo que eras Boris Spassky,
pero andando dignamente
sobre tus borrosas botas de boxeo;
ahora, necesitado de punto de apoyo,
trepas tambaleante por las cuerdas.

Cuando necesitas de un motivo
para seguir adelante,
es que no hay delante
y hay que crearlo.
es como hacer un puzzle
con pompas de jabón,
con piezas que no encajan
al menos, de momento.

Quien quiera que seas autor/a me inclino en admiración a este poema

12/2/08

El look de la Alianza para las civilizaciones

Sé que tengo un aspecto peculiar, y esto a veces me adentra en situaciones curiosas; ayer por ejemplo, caminaba por el centro cuando dos hombres jóvenes se dirigieron a mí desde una banca:
–¿Tienes papelillos?. Me detuve en la acera, abrí una caja de metal que llevo en el bolsillo y saqué uno; esperaron un instante que me acercara a ellos, pero como dejé claro que yo no avanzaría, vinieron hacia mí.
–¿Qué más tienes?, preguntó el más alto enseñándome su placa de policía, lo que desencadenó que el otro hiciera lo mismo.
Problemas, le dije... muchos problemas: Imagínate colega, que el sitio donde has estado trabajando los últimos años va a chapar; que vives de alquiler y eres uno de esos que cuando te preguntan ¿estado civil?
respondes como Quentin Crisp sancionara :
Love is for a while...alimony is for ever.
–¡Documentación por favor! cortó sécamente el pequeño de 1,82, que andaba queriendo meter baza.
Mientras buscaba el DNI dentro de la misma cajita le pregunté al "pequeñajo": ¿Quién es el bueno y quien el malo?, así acabamos antes, ¿no?.
El pequeño se apartó hablándole a su hombro izquierdo y leyéndole escrupulosamente los datos de mi carné.
–Vacíe por favor el contenido de sus bolsillos, dijo el grandullón mientras me indicaba el capó de un automóvil.
No hará falta mesa, le dije sacando la petaca de tabaco del bolsillo; esto es todo lo que llevo, la caja y esto.
Llaves, billete de Metro, pelas (pocas a decir verdad), papelillos y tabaco Pueblo en una una petaca arrugada. Creo que no me creyó, porque empezó el toqueteo, previa petición de hacer el pájaro con las caudales abiertas.
El enano volvió desilusionado, con cara de disculpa ensayada, extendiéndome el carné.
–¿Se ha quedado a gusto oficial?, le pregunté a Shrek, que paró el cacheo.
No contestó, creo que la rabia le podía.
–Buenos días señor; y asumió los mandos la educada efiacia del chaval promoción 2007.
–Salaam amigos.

5/2/08

Apocalipsis II

Al salir del aparcamiento todo era muy extraño; las motos habituales en la acera estaban tumbadas; dos escaparates contiguos presentaban serios destrozos en las cristaleras, y un tumulto en la esquina alentaba a dos mujeres que, asidas mutuamente de los cabellos, se gritaban lindezas.
Bajé en dirección a La Gran Vía, y grande sería mi asombro al presenciar el caos que allí había; coches atravesados en la calzada, escenas de pugilato diversas con una banda sonora de bocinas que rememoraban un mundial de fútbol. Un mendigo pasó a mi lado con una gigantesca bolsa de patatas fritas, lanzándolas al aire entre risas, como si se tratara de pétalos de rosa en una boda de antaño.
Comencé a asustarme ante el panorama con tintes de motín enloquecido de la superficie; a poco, mi desasosiego se tornó en pánico, al ver a dos agentes varones de la Policía Municipal, magreando y rompiéndole la ropa a una compañera también de servicio. Esto es un sueño, me dije, tiene toda la pinta. Pero no, era una pesadilla, y yo estaba despierto. Intenté volver al párking, pero empecé a ver una columna de humo que salía desde el ascensor, y descarté la idea. Me escondí entre unos arbustos de la plaza y saqué el teléfono para avisar a las autoridades lo que estaba ocurriendo; marqué el 112 y esperé...., nadie contestaba y pensé inmediatamente que seríamos muchos los que, asombrados y temerosos, buscábamos el auxilio de las autoridades. En un segundo intento, y después de sonar varias veces, alguien, por fín respondió:
–¡Qué cojones quieres joderrr!. Apagué el móvil.
Seguro, en mi escondrijo, traté de calmarme y dar una explicación a la caótica situación que se había apoderado de Madrid; lo primero que pensé fue en un atentado de algún grupo extremista, que hubiera contaminado el aire o las aguas de la ciudad con algún producto capaz de desquiciar a sus habitantes; me tranquilizaba calcular que en poco tiempo, fuerzas venidas de poblaciones contiguas pudieran hacerse cargo del drama grotesco que se representaba en cada calle.
Alguien me cogió por detrás de la chaqueta y tiraba de mí con fuerzas; conseguí zafarme y eché a correr hacia Princesa. Alterado como estaba, al pasar por una tienda de deportes saqueada, decidí entrar y coger el último bate de béisbol de la vitrina arrasada, ahora me sentía más seguro.
Un motorista circulaba por la acera en mi dirección haciendo "el caballito"; casi me arrolla, e hizo blanco en un grupo de japoneses que se movían como un banco de peces con la cara desencajada por el terror. Tras el impacto, el "motero" cayó al suelo por culpa del "Strike" que había conseguido, se quitó el casco y gritaba algo reiteradamente, mechado entre risotadas. Me acerqué por detrás y le aticé con fuerza en la nuca; se escuchó un sordo, "brack", y cayó fulminado; los japoneses no podían creer lo que veían, y lejos de agradecer mi conducta vengadora, retrocedían recelosos, mientras uno de los más jóvenes, cubría la retirada del cardumen, improvisando unas poses adornadas con grititos al mejor estilo de Bruce Lee.
Tras varias escaramuzas sangrientas de las que me libré gracias a mi ya percudida garrota, conseguí llegar a casa; la puerta estaba abierta; una pareja hacía el amor en mi cama. Cansado como estaba, y viendo que mi presencia no les incomodaba, les dejé a lo suyo y me metí en el armario del cuarto de invitados. Allí, en la oscuridad, tuve la primera sensación de paz en horas, entonces me dormí.
Desperté aterido; no se escuchaba sonido alguno, y un olor penetrante hacía desagradable la atmósfera de lo que creía el armario. Al estirar el brazo para empujar cautelosamente la puerta, no la encontré...¡!, decididamente, el cubículo no era tan grande, y una honda desazón se apoderó de mí.
Encendí el mechero, pero no se veía nada alrededor; no podría precisar siquiera el tamaño de la estancia en la que me encontraba. ¿Cómo había llegado hasta allí?...
Tras andar un trecho, comencé a encontrar objetos dispersos por el suelo; al principio, ninguno de ellos llamó mi atención especialmente, pero a poco, encontré una pequeña camiseta que recuerdo haber visto en una foto mía, a los cuatro años; a continuación, mi hucha cerdito de plástico amarillo, tan lejana en el tiempo. A partir de allí, cada cosa merecía mi atención y recuerdo; todo, absolutamente todo lo que estaba desperdigado por el oloroso suelo amarillo, que crujía a mi paso, me había pertenecido en la infancia; la escopeta con un tubo metálico de electricista que brotara de las manos hábiles de mi padre; las llaves de su furgoneta Internacional modelo 1947; las ojotas de mi madre y millares de trozos resecos de cáscara de mandarinas, mi fruta favorita. Di por fin con un montículo inmenso; una especie de montaña de cacharros de mis diferentes edades, cuadernos escritos, papeles sueltos, y hasta mi brazalete polvoriento de Vanguardia Comunista, entre guitarras y equipos de sonido, botines de fútbol o mi colección de monedas antiguas; los libros de pintura o tomos de colores de la enciclopedia "Lo sé todo". Me enternecía todo aquello, pero la idea de que estuviera confirmando mi muerte, le quitaba alegría al evento.
Ascendí en la oscuridad hacia la cima, por la insospechada cantidad de cosas que pasan por nuestra vida, muchas de ellas, completamente olvidadas; el mechero había dicho : "buenas noches, y un gusto servirle". Trepé un buen rato hasta que por fín llegué al final; toqué su superficie suave, y supe que se trataba de mi ordenador portátil, lo abrí, y estaba encendido. Su pantalla daba por fin algo de luz, e inspeccioné las quemaduras que en mi mano dolorida, dejara el mechero exhausto, que coloqué sobre el teclado. Leí entonces el documento abierto; era, letra por letra, la narración de mis peripecias al abandonar el subsuelo de la Plaza de España. Saqué un cigarrillo, pero el mechero, no daba bises. Decidí que era un buen momento para dejar de fumar.
Miré el nivel de batería; quedarían unos veinte minutos para que el último hálito de luminosidad, se apagara para siempre. No había tiempo que perder, tenía escasos minutos para escribir una historia en que mi ciudad, recuperara el ritmo alocado y cotidiano, ese que siempre digo, sin pensarlo demasiado, que :"así no se puede seguir". Buenas noches.